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Pues nuevo corto, en esta ocasión aprovecho lo que iba a ser el prólogo de la novela que acabó en la papelera al hacer el último repaso. Me gustaba pero no encajaba demasiado con el resto, así que pensé que esto sería más adecuado.

Así que os dejo con Jack… ¡disfrutarlo!


 

Jack

Londres, nueve de noviembre de mil ochocientos ochenta y ocho.

 Llegamos al número 26 de la calle Dorset cerca de las cuatro de la madrugada. Lamentablemente, muy tarde.

 El minúsculo e inhóspito apartamento era un completo caos. Esta empresa había sido una terrible pesadilla desde el principio, pero después de varios meses, finalmente iba a acabar.

 Por fin podría enviar a la Orden la buena nueva de que había acabado con ese ser.

 El apartamento consistía en una pequeña habitación de unos trece pies de largo por doce de ancho con una destartalada mesa de madera de pino y una decrepita alacena, la cual solo contenía varias botellas de ginebra, muchas de ellas vacías, algo de loza vieja y mellada y un mendrugo de pan duro.

 La chimenea, sobre la que había una reproducción de “La viuda del pescador”, seguía encendida. Las danzarinas llamas avivadas por la ropa de la joven, la cual el asesino seguía arrojando al fuego, alumbraba el macabro espectáculo.

 A la derecha de la lumbre, las ventanas, orientadas hacia Miller Court, se encontraban abiertas, dejando entrar la espesa niebla y el agua procedente de una de esas lloviznas intermitentes que llevaban cayendo toda la noche.

 Encendí una vela que traía en el bolsillo interior de mi guardapolvo y me encaminé hacia el fondo de la estancia, donde tenía al maligno acorralado.

 Junto a su última víctima.

 Mientras estuvo entretenido despedazando el cadáver de la pobre Mary Jane Kelly, bloqueé todas las salidas con polvo de plata y dibujé unas marcas sagradas en la madera astillada. Ahora le tenía apresado en aquella vivienda. La había transformado en una verdadera trampa para criaturas como él.

 Jack ni siquiera se inmutó.

 Fue horrible oírle disfrutar con lo que hacía. El repugnante sonido de la carne rasgándose bajo la afilada hoja de su cuchillo, la sangre goteando y formando macabros charcos rojizos, salpicando la pared junto al lecho… Esos sonidos me perseguirán de por vida en mis pesadillas, pero capturar a ese monstruo era prioritario.

 Esa es mi ocupación y soy uno de los mejores en ello. Años de veteranía en la Orden me respaldaban. No se llegaba vivo a los treinta y cinco en este trabajo si no eras el mejor.

 Cuando me llegaron los informes sobre el primer asesinato, abandoné apresuradamente Paris, donde me encontraba recuperándome de otra misión (una gárgola en Notre Dame. Capturar y destruir a la bestia me dejó dos días postrado en cama), para dirigirme a Londres, antes incluso de recibir el telegrama con las órdenes de mis superiores.

 Había visto las noticias en el periódico, donde relataban los crímenes y publicaban algunas de las cartas que ese monstruo envió a la policía. Me intrigó profundamente la técnica usada y su criterio a la hora de escoger víctimas.

 Mujeres de mala vida, solas y que buscaban su sustento en la calle, a las que nadie echaría en falta. Era una elección demasiado inteligente para provenir de un asesino común. Su manera de matar y llevarse trofeos de sus víctimas me recordaron a un caso en particular que tuve unos años antes en Venecia.

 A pesar de mi celeridad al partir, no pude evitar que matara cuatro veces más antes de convencer al detective Abberline, uno de los policías asignado al asesino, sobre lo que ocurría de verdad.

 No fue nada fácil. El detective era, como la mayoría de la gente común y moderna, muy escéptico para esos temas.

 Pero ahora le habíamos capturado.

 No fue fácil seguirle la pista. Ese maldito ser había cambiado de cuerpo las veces suficientes como para confundir a todos los miembros de Scotland Yard y darles una lista de sospechosos tan larga como mi brazo.Las mujeres no fueron sus únicas infortunadas víctimas.

 Uno de los sospechosos se quitó la vida días antes, al no poder soportar las memorias de las atrocidades que se vio obligado a cometer; otro se encontraba ingresado en un psiquiátrico, completamente desquiciado e irrecuperable. No vi indicios en el resto de sospechosos que me hicieran pensar que fueran realmente usados por el monstruo. 

 Hoy pagaría por esas fechorías también. Por todas esas vidas que había destrozado.

 Desde el umbral de la puerta y a la mortecina luz que nos proporcionaba la vela junto con el fuego de la chimenea, le vimos, aun soberbio a pesar de saber que no tenía escapatoria, con el largo cuchillo en sus manchadas manos. Era uno de esos machetes que algunos cirujanos usan para las amputaciones. De unas once pulgadas de largo y resistente, brilló siniestramente cuando un haz de luna atravesó los desgastados visillos.

 El hombre al que poseía en esa ocasión era un caballero de poco más de treinta años, con el cabello oscuro ahora desordenado, la tez clara, bien rasurado y con un pequeño y cuidado bigote que se curvaba hacia arriba en las puntas.

 Sus ropas consistían en una camisa blanca de buena calidad que llevaba con las mangas remangadas hasta los codos y manchada de sangre y unos pantalones negros de buen corte. Su chaqué, su capa y su sombrero estaban sobre la mesa, mientras que el bastón se encontraba apoyado en una silla. Todas sus pertenencias alejadas del mar que el rojo líquido había formado a sus pies, a salvo de mancharse. A los pies del asesino, un maletín, como los que usaban los doctores para las visitas a domicilio, abierto y lleno de lo que parecían más cuchillos y utensilios cortantes.

 Era muy inteligente, tenía que concederle eso.

 Con la ropa oscura, la capa y al amparo de la noche nadie notaria las manchas rojas en su ropa. A ningún policía le llamaría la atención un caballero con maletín de medico. Pensarían que estaba haciendo una visita urgente.

 En la cama, tirada como una muñeca rota y despedazada, la pobre Mary nos miraba, con ojos vacíos y muertos. Se había ensañado con ella, destrozando su cuerpo de manera despiadada. Rezaba para que su familia, si le quedaba alguna, no tuviera que verse en la tesitura de identificarla. Aquella era una imagen que nadie debería contemplar jamás.

 Mary estaba tumbada mirando hacia arriba, con las piernas abiertas y dobladas. Le había apuñalado repetidamente en la cara y cortado el cuello con un largo tajo que iba de lado a lado, abriéndole la garganta. Por la dirección del corte podía decir que la había atacado de frente. Era con la primera que usaba esa técnica.

 Tenía el torso abierto en canal, con casi todos sus órganos extraídos. Se me escapó un siseo al ver partes de la pobre mujer sobre la mesita de noche y junto a la cama.

 Tras de mí, oí jadear a mi acompañante. Por un instante había olvidado que no estaba solo.

 – Pase lo que pase, no se acerque más. – le advertí, sacando la petaca de agua bendita del bolsillo interior de mi chaqueta. Por un segundo llegué a pensar que se desmayaría ahí mismo pero por suerte, no lo hizo. Hubiera sido un enorme inconveniente. – No traspase la línea de plata, así evitaremos que le posea.

 – ¿Y usted? ¿No podrá poseerle a usted?

 – Amigo mío, yo ya estoy protegido. – afirmé, enseñando un diminuto colgante que llevaba al cuello en una fina cinta de cuero. Era una simple medalla de plata, con una diminuta estrella grabada en el centro. Un símbolo de protección contra el mal. – Quédese aquí.

 El símbolo del colgante fue descubierto casualmente por la Orden en un antiquísimo libro cuando uno de sus espías investigaba la biblioteca del Vaticano. Había resultado ser un hallazgo muy útil al igual que tener espías en la Ciudad Santa.

 El Vaticano tenía su propio grupo de investigación y lucha contra el mal. La infame brigada de Iscariote. Lamentablemente, no compartían su información y eran menos capaces a la hora de enfrentarse a estas criaturas.

 Con paso decidido me aproximé a él, armado únicamente con mi petaca en una mano, un rosario y mi librito de exorcismos en la otra. Iba a usar una mezcla especial de agua bendita, especias y hierbas especiales, cortesía de un descendiente de druidas que trabajaba para la Orden.

 El demonio siseó dolorido cuando le salpiqué con un poco del incoloro líquido, mostrándome su verdadera naturaleza.

 Sus ojos refulgieron antinaturalmente, volviéndose dorados, dejando al descubierto la maldad que inundaba su alma.

 – Esto ha acabado. – ni siquiera intentó escapar. Tanta tranquilidad por su parte me hizo sentir inquieto. O sabía que estaba bien atrapado o tenía algo en mente. Nunca debías confiarte con esas criaturas. Era un error fatal.

 – Esto nunca va a acabar y lo sabes. Regresaré, Campbless. ¡No podéis matarme! – sonreí, disimulando mi sorpresa al comprobar que conocía mi nombre y, haciendo caso omiso a su risa desquiciada, volví a rociarle con agua la cara, arrancándole otro siseo dolorido.

 Podría haberme pasado toda la noche torturándole de esa manera, pero el tiempo nos era esencial y escaso. No tenía idea de cuánto tiempo mantendría Abberline su promesa de no dar aviso del crimen.

 Era un buen policía y un hombre honorable. Mantener semejante secreto iba a desquiciarlo. Y yo debía desaparecer antes de que el pobre se rompiera, cosa que ocurriría sin duda alguna. 

 – ¿Sabes? Aprendí uno nuevo. Con este te puedo enviar de vuelta al infierno y vas a tardar mucho, mucho, mucho tiempo en encontrar el camino de regreso. – ensanché la sonrisa al ver como el demonio fruncía el ceño. – Este es tu último asesinato, Jack. Para cuando regreses, si es que lo consigues, habrá gente más preparada que yo esperándote. La Orden se asegurara de que seres como tú jamás puedan vagar a su antojo por mi mundo.

 Abrí mi librito y empecé a recitar, ignorando la sarta de insultos y mentiras que el demonio me dirigió. La primera regla que aprendías en mi trabajo; los demonios siempre mienten y trataran de hacerte dudar. Incluso llegó a suplicar clemencia.

 Regla número dos. No hay piedad para los malditos.

 El exorcismo fue largo y complicado, dejándome completamente exhausto cuando lo finalicé, pronunciando las últimas palabras sagradas. El demonio dio un último y espeluznante alarido y salió del cuerpo que ocupaba, convertido en una especie de rayo negro que chocó contra paredes y ventanas antes de desaparecer con un leve estallido, dejando tras de sí un hedor a huevos podridos que me hizo toser.

 El hombre al que poseía cayó al suelo con un ruido sordo. Me acerqué raudo y comprobé que aun vivía. Solo estaba inconsciente.

 ¡Pobre bastardo!

 Seguramente habría sido mejor para él haber muerto a tener que vivir con la memoria de los crímenes que había sido obligado a ejecutar.

 Eso, si no había perdido la cabeza ya. Era algo habitual en las posesiones.

 – ¿Es… es seguro ya? – con una leve sonrisa placentera me volví hacia el detective. Este estaba pálido como un espectro y con expresión atemorizada, como la de un caballo que ha visto a una serpiente de cascabel.

 Había visto eso muchas veces en su vida. Era lo que siempre observaba en los rostros de todos aquellos que se enfrentaban a lo sobrenatural por primera vez. Puro terror e incomprensión.

 ¿Cuándo deje de sorprenderme o asustarme así? Ya no podía recordarlo.

 – Si. Ya es seguro. – Abberline se acercó con reticencia, sin poder apartar la vista del cadáver sobre la cama. No lo podía culpar. Era un espectáculo grotesco.

 La pobre Mary Jane Kelly. Tan joven, tan bonita, con esa larga cabellera pelirroja… Tuve un encuentro con ella mientras investigaba el barrio de Whitechapel, buscando al asesino entre sus víctimas favoritas: las meretrices. Ella era una más entre esas pobres almas que acudieron a la capital por trabajo. Una más que cayó en las garras de la prostitución al no poder encontrar algo mejor.

 Y, sin embargo, totalmente distinta a las otras víctimas de Jack. Más joven, con un sitio estable donde dormir y realizar su trabajo, más hermosa.

 Esto iba a romper por completo la idea que Scotland Yard tenía sobre él.

 – Oh, Dios mío… – jadeó.

 – Recuerde lo que acordamos, detective. – le obligué a centrar su atención en mí y no en el cadáver. Quedaba poco tiempo y él aun tenía que cumplir su parte del trato. – Nadie debe saber nada sobre esto o sobre mí. Para el resto del mundo, Jack tuvo su último asesinato y desapareció sin dejar rastro. Sin sospechosos, sin pistas, sin nada. Cuando pueda, cierre el caso y olvídese de todo. Esto nunca ha ocurrido. – el policía me dirigió una mirada sorprendida.

 – Pe… pero… la gente querrá saber…

 – Créame. – le interrumpí. Ya podía oír a los primeros trabajadores dirigiéndose a cumplir con su jornal, sus pasos resonando en los adoquines. – La gente no necesita saber esto. Estarán más seguros así y hará más fácil nuestro trabajo. – me agaché junto al hombre caído y le cogí del brazo para levantarlo. – Ahora ayúdeme a sacar a este pobre desgraciado de aquí, antes de que alguien pueda vernos. No se preocupe. Jack no va a volver.

 Hice esa promesa y no estoy seguro de si fue en vano.

 ¿Cuántos tardaría Jack en volver a escapar del infierno?

 ¿Décadas? ¿Siglos?

 Quizás con un poco de suerte, más tiempo. Pero, aparezca cuando aparezca, espero que este diario y todas las anotaciones que se encuentran en su interior puedan ayudar a los futuros miembros de la Orden que se enfrenten a criaturas como él.

 Zacharias Campbless.

 Chicago, veintisiete de noviembre del dos mil trece.

Aidan cerró el viejo diario. Tenía la respiración alterada y sus manos temblaban ligeramente a causa de todo lo que había podido sentir a través de su don en las desgastadas hojas.

Eso no era una obra de ficción. Quien escribiera ese diario, vivió cada frase.

Fue tan intenso, había tanta convicción en sus palabras, que incluso consiguió ver la habitación, oler el fuego, sentir la fría plata de la petaca en su mano…

Con cuidado lo colocó en la abarrotada estantería que tenía en el fondo de su trastienda, reservada únicamente para los objetos que no podía vender. Esos que eran peligrosos a la vez que imprescindibles para mantener el equilibrio que él era encargado de vigilar. Ese maltrecho librito de piel contenía información valiosa que tal vez fuera necesaria en un futuro, así que era mejor mantenerlo guardado y a salvo hasta entonces.

No le vendría mal investigar algo sobre esa Orden y sus miembros de los que hablaba. Conocía su existencia porque tuvo un par de tratos con ellos y algunos de sus clientes habían mencionado su nombre varias veces, pero la información que tenía era más bien escasa desde que descubrieron que Aidan estaba copiando sus libros. El hecho de que la mayoría de su clientela fueran sus principales presas no ayudó tampoco.

Debería empezar con comprobar que el autor vivió realmente.

Si había aprendido algo en toda su vida, era que jamás se tropezaba con algo por casualidad. Si lo hacía, siempre era por una razón de peso.

Solo esperaba no tener que descubrirla pronto. Si lo que decía en ese libro era cierto, iba a ser todo un reto. Necesitaría ayuda de expertos ya que sus conocimientos sobre ese tema eran prácticamente nulos.

De verdad, esperaba tener más tiempo.

Pero conociendo su suerte…


PD: Recordad que podéis bajar la versión PDF de este corto AQUÍ

¡Y estad atentos, porque pronto habrá más novedades!

 

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