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Pues ale, aquí tenéis al segundo protagonista de esta novela, Charles. Os dejo su corto para que le conozcáis un poquito. Pronto pondré su ficha también.

¡Disfrutarlo!


 

Charles Andrews

Nevaba otra vez.

Eran apenas las cinco de la mañana, pero no había ninguna razón para regresar a su apartamento. Ni siquiera las promesas de calor y confort de su cama eran suficientes. Para él, dormir se había convertido en un martirio… de nuevo.

Así que, descartado el dormir, apresuró el paso y se encaminó hacia el kiosco que sabía  estaría abierto a esas horas para comprar el periódico. Después pensaba dar un rodeo a la manzana, comprar un par de cafés (uno para el camino y otro para tomar en casa) y un par de bollos de crema, regresaría a casa y, con suerte, estaría lo bastante despejado como para no desear volver a dormir y empezar a trabajar.

Lo iban a llamar pronto, de todas maneras. Lo sabía.

La ciudad comenzaba a despertar lentamente. En las calles se mezclaban los más madrugadores con los que aun no se habían ido a dormir. El cielo seguía negro y nublado. La nieve caía suavemente, sin la furia de los días anteriores, creando una alfombra blanca que crujía al andar sobre ella.

Al llegar al viejo kiosco, vio al dueño, un hombre de color que ya pasaba los sesenta años que cargaba y colocaba paquetes de periódicos en el expositor.

  • Buenos días, George. – el hombre se giró, sorprendido de oír a alguien a esas horas. Frunció el ceño, confundido, al verle.
  • ¿Días? ¡Aun es de noche, muchacho! ¿Qué demonios haces aquí tan temprano? – el ceño de George se frunció aun más cuando Charles se encogió de hombros. – Creí que no te tocaba turno de noche hasta la siguiente semana.
  • No, no estoy de noche… he madrugado.
  • Vuelve a la cama. – gruñó. Charles resopló, quitándole de las manos uno de los paquetes de periódicos más grandes para colocarlo en el interior del kiosco.
  • ¿Para qué? No iba a dormir…
  • Necesitas una chica. Eso te daría una razón para regresar a la cama.
  • Vamos a dejar el tema, anda. – repuso Charles, rodando los ojos. – Pareces mi hermana. No puedo dormir acompañado por la misma razón por la que estoy despierto ahora mismo.
  • ¿Terrores nocturnos otra vez?

Charles rio por lo bajo, amargo, mientras dejaba el último paquete de periódicos en el suelo del kiosco. Terrores nocturnos… si él supiera…

  • Si, otra vez. – mintió.

Nunca le había hecho gracia mentir, pero la experiencia le había enseñado que era más fácil que explicar lo que realmente le ocurría.

Al menos en su caso…

  • Deberías ir a un sicólogo. Te mandaría algo para poder dormir.

Charles se estremeció. Aun recordaba los somníferos que le recetaron con dieciséis, cuando comenzaron los sueños. ¿Sabéis lo que es estar atrapado en una pesadilla y sin poder despertar? No era nada agradable. Jamás volvió a tomar algo que le ayudara a dormir.

Jamás.

  • No sirve de nada. Y no tengo tiempo para ir, igualmente.
  • ¿Y qué paso con Christine? Con ella no tenías ese problema.

¡Ouch!

Christine había sido la chica perfecta. O eso había pensado Charles cuando la conoció una mañana en comisaría, mientras ella ponía una denuncia por el robo de su bolso.

Con ella las pesadillas se mantenían a raya y eran más soportables. Fueron bastante felices el año que estuvieron juntos.

Pero no soportaba el trabajo de Charles ni el tiempo que le dedicaba. Estaba convencida de que era la razón de sus pesadillas y no entendía que él quisiera atrapar lo mismo con lo que soñaba. Que esa era la única manera de recuperar el sueño normal.

Empezó pidiéndole que trabajara menos horas. Luego que cambiara de departamento… hasta que acabó dándole un ultimátum y le obligó a escoger entre el trabajo y ella.

Charles la había amado. Mucho. Pero tenía una obligación que no iba a dejarle dormir si no la cumplía. Literalmente.

Además, no le gustaban los ultimátum.

Aun dolía, pero no se arrepentía de seguir en su trabajo.

  • He oído que estaba con un notario… supongo que estará feliz de tener, por fin, una vida normal y aburrida.
  • Era buena chica. Deberías buscar otra parecida.
  • Déjalo, George. – Charles echó un rápido vistazo al hombre. A pesar de que debían hacer temperaturas de bajo cero en ese momento, este iba solo con una sudadera y una bufanda. Nada de abrigo. – ¿Cómo haces para soportar el frio solo con eso?
  • Algunos estamos hechos de mejor pasta, muchacho.

Charles se marchó diez minutos más tarde, riendo y con su periódico bajo el brazo. Comenzó su rodeo particular hasta la cafetería. No estaba muy lejos de su casa, a solo unos pocos metros de distancia. Era perfecto para noches como esa, en las que no podía dormir, o para cuando regresaba a casa tras un turno de noche porque abrían muy temprano y hacían buen café.

La chica de la barra de esa mañana era nueva y le sonrió de manera brillante al tomarle nota del pedido. Era una jovencita pelirroja con bonitos ojos verdes y sonrisa chispeante que no podía tener más de veinticinco y Charles casi se atragantó con el primer café al ver el número de teléfono garabateado en el recibo con un corazoncito dibujado al lado.

Seguía siendo una sorpresa agradable que alguna chica intentara coquetear con él. Sabía que aun era atractivo a sus cuarenta y tres años, pero su ego había recibido un par de golpes que lo habían dejado bastante inseguro.

Además, hablar con el género femenino nunca se le había dado demasiado bien.

En eso envidiaba seriamente a Morgan y su pico de oro.

Dio un largo sorbo a su café, riendo entre dientes al pensar que tenia celos del éxito entre las chicas del forense felizmente casado de su comisaria…

Su teléfono móvil sonó, interrumpiendo sus pensamientos.

  • Andrews… si… ¿Cuántas víctimas? Aja… estaré ahí en veinte minutos. ¿Henricksen ha recibido el aviso? ¿No contesta? Bien, lo llamare por el camino. Seguramente la niña le ha vuelto a dejar sin dormir.

Dio una mirada de pena a la bolsa de los bollos antes de tirarla a la basura. Tenían una norma muy clara. Nada de comer antes de ir a la escena de un crimen si no querías quedar en ridículo delante de todo el mundo vomitando. Daba igual cuanta experiencia tuvieras ni cuantos años llevaras en el cuerpo… una escena del crimen era algo realmente desagradable de ver con el estomago lleno.

Cambió el rumbo de su paseo, alejándose de su apartamento, y se dirigió hacia donde había aparcado su coche cuando regresó de trabajar. Tenía que ir a encontrarse con el asesinato que había soñado un par de horas antes.

  • Odio mis sueños…

 

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