¡Y llegó el día! ¡Jack T.R. ya está aquí!

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¡Si! ¡Ya está aquí Jack!

Hoy es un día muy especial para mi.

La razón es obvia y la sabéis casi todos, así que no voy a enrollarme contando lo maravilloso que fue escribirla o lo peculiar que ha sido el camino hasta aquí y todo eso.

¿Para qué? Creo que ya sabéis todo eso también. Si no por experiencia, por leerme o leer a otros.

Y puede que esto no sea la gran cosa. Solo un libro más autopublicado en Amazon, pero para mi es lo más grande.

Hasta que llegue el siguiente, claro.

¡Pero vamos a lo que vamos!

Aquí os dejo los links donde podréis conseguir mi novela “Jack T.R.” tanto en papel como kindle en Amazon.com y Amazon.es.

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¡Espero que os guste!

Así comienza…

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Las noches de Chicago se están llenando de gritos y sangre.

El detective Charles Andrews tiene asumido que su vida está ligada para siempre a sueños premonitorios desagradables y noches de insomnio pero jamás imaginó que su don le llevaría tras el rastro del asesino más despiadado de la historia.

Aidan no solo tiene una librería. También un legado y una maldición. Un poder que odia y una obligación con la comunidad sobrenatural que se oculta en su ciudad. Y son esas mismas cosas las que van a meterle de cabeza en la situación más peligrosa que jamás haya vivido.

En 1888 Jack el Destripador no desapareció. Tampoco murió ni huyó como se rumoreaba. Solo fue devuelto al Infierno del que provenía y ahora ha vuelto, dispuesto a seguir su obra donde lo dejó.

El destino une a Aidan y Charles para detener la sangrienta obra de Jack antes de que este siga tiñendo de rojo las calles de Chicago.

¡Únete a ellos y averigua como acaba su aventura!

El 31 de octubre… 

*Gracias a Rosa por su ayuda con la sinopsis*

¡Os deseo felices fiestas!

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¡Pues ya tenemos las Navidades encima!

Como siempre, estas fechas son de echar un poco la vista atrás y ver que tal ha ido el año.

¡2014 ha sido la caña!

En lo personal ha estado tirando a complicadillo, pero en lo demás fue muy satisfactorio.

¡Y todo es gracias a vosotros!

Sin los que leéis el blog, los que me apoyasteis y animasteis con mi primera novela, los que comentáis y os suscribís…  sin todos vosotros el año hubiera sido muy distinto.

Por eso quiero darlos las gracias y felicitaros estas fiestas, esperando que el año siguiente también me acompañéis en mi aventura de escribir.

¡Mil gracias y feliz Navidad a todos!

¡Nos vemos en el 2015!

Eva Tejedor.

PD: Durante los días 22, 23 y 24 de diciembre “Jack T.R.”, mi novela, estará de rebajas en Amazon.com. ¡No te la pierdas!

Jack T.R. a la venta en Amazon.com

Booktrailer de “Jack T.R.”

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La gente normal, cuando se aburre, hace puzles.

Yo intento aprender cosas nuevas y complicarme la vida por amor al arte 😄

Total, que el Windows Movie Maker y yo nos hemos peleado un par de días y ahí esta el resultado.

¿Qué os parece?

Es muy simple pero tampoco me pidáis demasiado. Estas cosas modernas y yo no nos llevamos bien 😄

¡No olvideis que podeis conseguir la novela AQUÍ!

¡Los ganadores de #JackTR !

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¡Perdón por la tardanza!

Aquí están los ganadores de la versión PDF de “Jack T.R.”

Antes de nada, muchísimas gracias a todos por participar. Y recordad que la novela saldrá el día 31 de octubre a la venta.

Ahora, vamos al lio.

concurso

And the PDFs goes to…

  • Miguel Alberto.
  • Grissel Salluca.
  • Antonio Burrieza Soler.
  • Edurne Martinez.
  • Rosa Peso.
  • Rocio Bueno.

¡Enhorabuena a los ganadores! Se os enviará un mail esta misma noche con un link de descarga para que podáis conseguir el PDF directamente.

¡Un saludo a todos!

¿Quieres ser el primero en leer #JackTR y gratis?

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Pues como se me acaba el tiempo y ya estoy casi a puntito de subir el libro (y que Dios reparta suerte) voy a sortear 6 versiones en PDF de la novela entre los que se apunten pinchando en el dibujo de Chibime.

chibijack

Los ganadores recibirán el pdf en su correo y la lista será publicada aquí y en mi otro blog el martes 28 de Octubre.

¡Recordad que “Jack T.R.” saldrá a la venta el día 31 de octubre! ¡Ya os avisaré donde!

¡Muchísima suerte!

¡Lee el primer capítulo de “Jack T.R.” gratis!

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¡El gran día se acerca!

Ya solo quedan un par de semanas para Halloween y para que saque a Jack de su encierro. Y para celebrarlo os dejo el primer capítulo.

¡Espero que os guste!


 

Jack T.R. Primer capítulo.

 

Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

Como ella deseaba hacer.

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

Porque estaba segura de que iba a morir.

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñía de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

Pero era inútil y lo sabía.

No había escapatoria. La había llevado a un callejón sin salida.

Se negaba a morir. Solo tenía veintiocho años. Aun le quedaban cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y conocer al fin a su sobrino, al que no había visto a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada. Ese monstruo jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aun más, el pánico atenazándola, sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa la agarró del brazo con una fuerza antinatural y la levantó de un violento tirón, como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

Lo primero que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

No podría olvidarlos nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo dejar de mirarlos.

La hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

– Tu seras mi mayor obra, querida. – le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estomago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que la estaba abriendo en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

Aquellos ojos aterradores y diabólicos que no dejaban de mirarla, brillando antinaturalmente de satisfacción mientras la observaba morir.

Charles Andrews abrió los ojos, despertando bruscamente para encontrarse en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado  y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aun sentía el roce fantasma del cuchillo. Su vieja camiseta gris de “The Police” que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notó el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

Pero él no era alguien normal. Una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Aun podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, oír sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

Oír al asesino susurrándole y notar su aliento en su oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre hubo un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo, y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición, aunque probablemente era una cuestión de perspectiva.

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

En cada miembro de su familia, esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

No había un porque a los motivos por los que sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tenía con lidiar con lo que veía. Sin embargo, aquel no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

Alguien había muerto esa noche.

La chica de su sueño murió exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó… Cada instante con todo lujo de detalles, y en tecnicolor pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no pudo ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si no podía evitar que sucediera lo que soñaba?

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la victima?

¿De qué le valía si nunca podía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

Esos sueños solo conseguían desesperarle y frustrarle hasta cotas inimaginables.

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar paz a quienes veía morir.

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frio del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien. No desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio había hecho que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… descartando el regresar a la cama a pesar de ser las seis de la mañana.

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no se encontraba con ánimos para hacerlo.

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero después de acabar con la escena del crimen. Ese era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estomago.

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

Tenía claro que no iba a ser capaz de dormir más y necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso.

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

– Detective Andrews. – contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. – Aja… estaré allí en veinte minutos.

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Era un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, era el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los arboles.

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para el alcalde.

No se sorprendió mucho al verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

– ¿Qué tenemos? – preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, quien tenía pinta de haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y no se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama. Algo normal, puesto que había sido padre un par de meses antes. La pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer, por lo que le contaba.

– Nada bueno.

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le revolvió el estomago.

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. La habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

Otro corte atravesaba su estomago de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estomago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así era.

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 “J.T.R.”

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

– Joder…

– Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. – Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. – Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

– Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. – rió, sacando un gruñido descontento a su compañero. – ¿Habéis encontrado los zapatos de la victima? – Henricksen arqueó una ceja, mirando hacia los pies descalzos de la chica.

– No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

– Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. La tuvo que recoger en algún bar o algo por el estilo. – su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

– Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

– No pudo ser muy lejos. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. – Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

– Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

– No se ensañó tanto con la primera.

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

– Tal vez lo interrumpieron. La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

– Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. – ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

– ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

El detective negó en silencio.

Monstruo… ojala fuera tan fácil.

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

Quien fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo, cuando le vio.

El chico no le llamó la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. No más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

No, no llamaba para nada la atención.

Pero él le había visto antes.

No conseguía ubicarle, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

– Oye, Henricksen… – Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

– ¿Si?

– ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

– ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. – respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. – Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

– ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

– ¿Qué chico?

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo o lo que fuera que hiciera.

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico, estaba claro.

– Nada… olvídalo… Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

No fue hasta unas horas después de regresar a comisaria, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

Había para todos los gustos, por desgracia.

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

Demasiada casualidad.

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

¿Quién sabia?

En casos así no se debían dejar nada al aire.


 

¡Y hasta ahí puedo leer! 😄 O dejaros leer.

No olvidéis que podéis descargar el capítulo AQUÍ.

¡Y que podéis conseguir la novela AQUI!

Nuevo Corto: Jack

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Pues nuevo corto, en esta ocasión aprovecho lo que iba a ser el prólogo de la novela que acabó en la papelera al hacer el último repaso. Me gustaba pero no encajaba demasiado con el resto, así que pensé que esto sería más adecuado.

Así que os dejo con Jack… ¡disfrutarlo!


 

Jack

Londres, nueve de noviembre de mil ochocientos ochenta y ocho.

 Llegamos al número 26 de la calle Dorset cerca de las cuatro de la madrugada. Lamentablemente, muy tarde.

 El minúsculo e inhóspito apartamento era un completo caos. Esta empresa había sido una terrible pesadilla desde el principio, pero después de varios meses, finalmente iba a acabar.

 Por fin podría enviar a la Orden la buena nueva de que había acabado con ese ser.

 El apartamento consistía en una pequeña habitación de unos trece pies de largo por doce de ancho con una destartalada mesa de madera de pino y una decrepita alacena, la cual solo contenía varias botellas de ginebra, muchas de ellas vacías, algo de loza vieja y mellada y un mendrugo de pan duro.

 La chimenea, sobre la que había una reproducción de “La viuda del pescador”, seguía encendida. Las danzarinas llamas avivadas por la ropa de la joven, la cual el asesino seguía arrojando al fuego, alumbraba el macabro espectáculo.

 A la derecha de la lumbre, las ventanas, orientadas hacia Miller Court, se encontraban abiertas, dejando entrar la espesa niebla y el agua procedente de una de esas lloviznas intermitentes que llevaban cayendo toda la noche.

 Encendí una vela que traía en el bolsillo interior de mi guardapolvo y me encaminé hacia el fondo de la estancia, donde tenía al maligno acorralado.

 Junto a su última víctima.

 Mientras estuvo entretenido despedazando el cadáver de la pobre Mary Jane Kelly, bloqueé todas las salidas con polvo de plata y dibujé unas marcas sagradas en la madera astillada. Ahora le tenía apresado en aquella vivienda. La había transformado en una verdadera trampa para criaturas como él.

 Jack ni siquiera se inmutó.

 Fue horrible oírle disfrutar con lo que hacía. El repugnante sonido de la carne rasgándose bajo la afilada hoja de su cuchillo, la sangre goteando y formando macabros charcos rojizos, salpicando la pared junto al lecho… Esos sonidos me perseguirán de por vida en mis pesadillas, pero capturar a ese monstruo era prioritario.

 Esa es mi ocupación y soy uno de los mejores en ello. Años de veteranía en la Orden me respaldaban. No se llegaba vivo a los treinta y cinco en este trabajo si no eras el mejor.

 Cuando me llegaron los informes sobre el primer asesinato, abandoné apresuradamente Paris, donde me encontraba recuperándome de otra misión (una gárgola en Notre Dame. Capturar y destruir a la bestia me dejó dos días postrado en cama), para dirigirme a Londres, antes incluso de recibir el telegrama con las órdenes de mis superiores.

 Había visto las noticias en el periódico, donde relataban los crímenes y publicaban algunas de las cartas que ese monstruo envió a la policía. Me intrigó profundamente la técnica usada y su criterio a la hora de escoger víctimas.

 Mujeres de mala vida, solas y que buscaban su sustento en la calle, a las que nadie echaría en falta. Era una elección demasiado inteligente para provenir de un asesino común. Su manera de matar y llevarse trofeos de sus víctimas me recordaron a un caso en particular que tuve unos años antes en Venecia.

 A pesar de mi celeridad al partir, no pude evitar que matara cuatro veces más antes de convencer al detective Abberline, uno de los policías asignado al asesino, sobre lo que ocurría de verdad.

 No fue nada fácil. El detective era, como la mayoría de la gente común y moderna, muy escéptico para esos temas.

 Pero ahora le habíamos capturado.

 No fue fácil seguirle la pista. Ese maldito ser había cambiado de cuerpo las veces suficientes como para confundir a todos los miembros de Scotland Yard y darles una lista de sospechosos tan larga como mi brazo.Las mujeres no fueron sus únicas infortunadas víctimas.

 Uno de los sospechosos se quitó la vida días antes, al no poder soportar las memorias de las atrocidades que se vio obligado a cometer; otro se encontraba ingresado en un psiquiátrico, completamente desquiciado e irrecuperable. No vi indicios en el resto de sospechosos que me hicieran pensar que fueran realmente usados por el monstruo. 

 Hoy pagaría por esas fechorías también. Por todas esas vidas que había destrozado.

 Desde el umbral de la puerta y a la mortecina luz que nos proporcionaba la vela junto con el fuego de la chimenea, le vimos, aun soberbio a pesar de saber que no tenía escapatoria, con el largo cuchillo en sus manchadas manos. Era uno de esos machetes que algunos cirujanos usan para las amputaciones. De unas once pulgadas de largo y resistente, brilló siniestramente cuando un haz de luna atravesó los desgastados visillos.

 El hombre al que poseía en esa ocasión era un caballero de poco más de treinta años, con el cabello oscuro ahora desordenado, la tez clara, bien rasurado y con un pequeño y cuidado bigote que se curvaba hacia arriba en las puntas.

 Sus ropas consistían en una camisa blanca de buena calidad que llevaba con las mangas remangadas hasta los codos y manchada de sangre y unos pantalones negros de buen corte. Su chaqué, su capa y su sombrero estaban sobre la mesa, mientras que el bastón se encontraba apoyado en una silla. Todas sus pertenencias alejadas del mar que el rojo líquido había formado a sus pies, a salvo de mancharse. A los pies del asesino, un maletín, como los que usaban los doctores para las visitas a domicilio, abierto y lleno de lo que parecían más cuchillos y utensilios cortantes.

 Era muy inteligente, tenía que concederle eso.

 Con la ropa oscura, la capa y al amparo de la noche nadie notaria las manchas rojas en su ropa. A ningún policía le llamaría la atención un caballero con maletín de medico. Pensarían que estaba haciendo una visita urgente.

 En la cama, tirada como una muñeca rota y despedazada, la pobre Mary nos miraba, con ojos vacíos y muertos. Se había ensañado con ella, destrozando su cuerpo de manera despiadada. Rezaba para que su familia, si le quedaba alguna, no tuviera que verse en la tesitura de identificarla. Aquella era una imagen que nadie debería contemplar jamás.

 Mary estaba tumbada mirando hacia arriba, con las piernas abiertas y dobladas. Le había apuñalado repetidamente en la cara y cortado el cuello con un largo tajo que iba de lado a lado, abriéndole la garganta. Por la dirección del corte podía decir que la había atacado de frente. Era con la primera que usaba esa técnica.

 Tenía el torso abierto en canal, con casi todos sus órganos extraídos. Se me escapó un siseo al ver partes de la pobre mujer sobre la mesita de noche y junto a la cama.

 Tras de mí, oí jadear a mi acompañante. Por un instante había olvidado que no estaba solo.

 – Pase lo que pase, no se acerque más. – le advertí, sacando la petaca de agua bendita del bolsillo interior de mi chaqueta. Por un segundo llegué a pensar que se desmayaría ahí mismo pero por suerte, no lo hizo. Hubiera sido un enorme inconveniente. – No traspase la línea de plata, así evitaremos que le posea.

 – ¿Y usted? ¿No podrá poseerle a usted?

 – Amigo mío, yo ya estoy protegido. – afirmé, enseñando un diminuto colgante que llevaba al cuello en una fina cinta de cuero. Era una simple medalla de plata, con una diminuta estrella grabada en el centro. Un símbolo de protección contra el mal. – Quédese aquí.

 El símbolo del colgante fue descubierto casualmente por la Orden en un antiquísimo libro cuando uno de sus espías investigaba la biblioteca del Vaticano. Había resultado ser un hallazgo muy útil al igual que tener espías en la Ciudad Santa.

 El Vaticano tenía su propio grupo de investigación y lucha contra el mal. La infame brigada de Iscariote. Lamentablemente, no compartían su información y eran menos capaces a la hora de enfrentarse a estas criaturas.

 Con paso decidido me aproximé a él, armado únicamente con mi petaca en una mano, un rosario y mi librito de exorcismos en la otra. Iba a usar una mezcla especial de agua bendita, especias y hierbas especiales, cortesía de un descendiente de druidas que trabajaba para la Orden.

 El demonio siseó dolorido cuando le salpiqué con un poco del incoloro líquido, mostrándome su verdadera naturaleza.

 Sus ojos refulgieron antinaturalmente, volviéndose dorados, dejando al descubierto la maldad que inundaba su alma.

 – Esto ha acabado. – ni siquiera intentó escapar. Tanta tranquilidad por su parte me hizo sentir inquieto. O sabía que estaba bien atrapado o tenía algo en mente. Nunca debías confiarte con esas criaturas. Era un error fatal.

 – Esto nunca va a acabar y lo sabes. Regresaré, Campbless. ¡No podéis matarme! – sonreí, disimulando mi sorpresa al comprobar que conocía mi nombre y, haciendo caso omiso a su risa desquiciada, volví a rociarle con agua la cara, arrancándole otro siseo dolorido.

 Podría haberme pasado toda la noche torturándole de esa manera, pero el tiempo nos era esencial y escaso. No tenía idea de cuánto tiempo mantendría Abberline su promesa de no dar aviso del crimen.

 Era un buen policía y un hombre honorable. Mantener semejante secreto iba a desquiciarlo. Y yo debía desaparecer antes de que el pobre se rompiera, cosa que ocurriría sin duda alguna. 

 – ¿Sabes? Aprendí uno nuevo. Con este te puedo enviar de vuelta al infierno y vas a tardar mucho, mucho, mucho tiempo en encontrar el camino de regreso. – ensanché la sonrisa al ver como el demonio fruncía el ceño. – Este es tu último asesinato, Jack. Para cuando regreses, si es que lo consigues, habrá gente más preparada que yo esperándote. La Orden se asegurara de que seres como tú jamás puedan vagar a su antojo por mi mundo.

 Abrí mi librito y empecé a recitar, ignorando la sarta de insultos y mentiras que el demonio me dirigió. La primera regla que aprendías en mi trabajo; los demonios siempre mienten y trataran de hacerte dudar. Incluso llegó a suplicar clemencia.

 Regla número dos. No hay piedad para los malditos.

 El exorcismo fue largo y complicado, dejándome completamente exhausto cuando lo finalicé, pronunciando las últimas palabras sagradas. El demonio dio un último y espeluznante alarido y salió del cuerpo que ocupaba, convertido en una especie de rayo negro que chocó contra paredes y ventanas antes de desaparecer con un leve estallido, dejando tras de sí un hedor a huevos podridos que me hizo toser.

 El hombre al que poseía cayó al suelo con un ruido sordo. Me acerqué raudo y comprobé que aun vivía. Solo estaba inconsciente.

 ¡Pobre bastardo!

 Seguramente habría sido mejor para él haber muerto a tener que vivir con la memoria de los crímenes que había sido obligado a ejecutar.

 Eso, si no había perdido la cabeza ya. Era algo habitual en las posesiones.

 – ¿Es… es seguro ya? – con una leve sonrisa placentera me volví hacia el detective. Este estaba pálido como un espectro y con expresión atemorizada, como la de un caballo que ha visto a una serpiente de cascabel.

 Había visto eso muchas veces en su vida. Era lo que siempre observaba en los rostros de todos aquellos que se enfrentaban a lo sobrenatural por primera vez. Puro terror e incomprensión.

 ¿Cuándo deje de sorprenderme o asustarme así? Ya no podía recordarlo.

 – Si. Ya es seguro. – Abberline se acercó con reticencia, sin poder apartar la vista del cadáver sobre la cama. No lo podía culpar. Era un espectáculo grotesco.

 La pobre Mary Jane Kelly. Tan joven, tan bonita, con esa larga cabellera pelirroja… Tuve un encuentro con ella mientras investigaba el barrio de Whitechapel, buscando al asesino entre sus víctimas favoritas: las meretrices. Ella era una más entre esas pobres almas que acudieron a la capital por trabajo. Una más que cayó en las garras de la prostitución al no poder encontrar algo mejor.

 Y, sin embargo, totalmente distinta a las otras víctimas de Jack. Más joven, con un sitio estable donde dormir y realizar su trabajo, más hermosa.

 Esto iba a romper por completo la idea que Scotland Yard tenía sobre él.

 – Oh, Dios mío… – jadeó.

 – Recuerde lo que acordamos, detective. – le obligué a centrar su atención en mí y no en el cadáver. Quedaba poco tiempo y él aun tenía que cumplir su parte del trato. – Nadie debe saber nada sobre esto o sobre mí. Para el resto del mundo, Jack tuvo su último asesinato y desapareció sin dejar rastro. Sin sospechosos, sin pistas, sin nada. Cuando pueda, cierre el caso y olvídese de todo. Esto nunca ha ocurrido. – el policía me dirigió una mirada sorprendida.

 – Pe… pero… la gente querrá saber…

 – Créame. – le interrumpí. Ya podía oír a los primeros trabajadores dirigiéndose a cumplir con su jornal, sus pasos resonando en los adoquines. – La gente no necesita saber esto. Estarán más seguros así y hará más fácil nuestro trabajo. – me agaché junto al hombre caído y le cogí del brazo para levantarlo. – Ahora ayúdeme a sacar a este pobre desgraciado de aquí, antes de que alguien pueda vernos. No se preocupe. Jack no va a volver.

 Hice esa promesa y no estoy seguro de si fue en vano.

 ¿Cuántos tardaría Jack en volver a escapar del infierno?

 ¿Décadas? ¿Siglos?

 Quizás con un poco de suerte, más tiempo. Pero, aparezca cuando aparezca, espero que este diario y todas las anotaciones que se encuentran en su interior puedan ayudar a los futuros miembros de la Orden que se enfrenten a criaturas como él.

 Zacharias Campbless.

 Chicago, veintisiete de noviembre del dos mil trece.

Aidan cerró el viejo diario. Tenía la respiración alterada y sus manos temblaban ligeramente a causa de todo lo que había podido sentir a través de su don en las desgastadas hojas.

Eso no era una obra de ficción. Quien escribiera ese diario, vivió cada frase.

Fue tan intenso, había tanta convicción en sus palabras, que incluso consiguió ver la habitación, oler el fuego, sentir la fría plata de la petaca en su mano…

Con cuidado lo colocó en la abarrotada estantería que tenía en el fondo de su trastienda, reservada únicamente para los objetos que no podía vender. Esos que eran peligrosos a la vez que imprescindibles para mantener el equilibrio que él era encargado de vigilar. Ese maltrecho librito de piel contenía información valiosa que tal vez fuera necesaria en un futuro, así que era mejor mantenerlo guardado y a salvo hasta entonces.

No le vendría mal investigar algo sobre esa Orden y sus miembros de los que hablaba. Conocía su existencia porque tuvo un par de tratos con ellos y algunos de sus clientes habían mencionado su nombre varias veces, pero la información que tenía era más bien escasa desde que descubrieron que Aidan estaba copiando sus libros. El hecho de que la mayoría de su clientela fueran sus principales presas no ayudó tampoco.

Debería empezar con comprobar que el autor vivió realmente.

Si había aprendido algo en toda su vida, era que jamás se tropezaba con algo por casualidad. Si lo hacía, siempre era por una razón de peso.

Solo esperaba no tener que descubrirla pronto. Si lo que decía en ese libro era cierto, iba a ser todo un reto. Necesitaría ayuda de expertos ya que sus conocimientos sobre ese tema eran prácticamente nulos.

De verdad, esperaba tener más tiempo.

Pero conociendo su suerte…


PD: Recordad que podéis bajar la versión PDF de este corto AQUÍ

¡Y estad atentos, porque pronto habrá más novedades!

 

Marcapáginas de “Jack T.R.”

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De esas que me aburría… mucho… y me puse a hacer el tonto con el Photoshop.

En mi defensa diré que nunca se me dio bien el Photoshop. Obviamente.

Aquí os dejo un par de marcapáginas basados en la portada que hice para la novela.

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¡También los puedes ver aquí y aquí!

¡Mientras, seguimos la cuenta atrás!

No olvidéis leer los cortos y echar un ojo a las fichas de personajes. ¡Ya queda menos!

 

 

 

Segundo corto: Charles

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Pues ale, aquí tenéis al segundo protagonista de esta novela, Charles. Os dejo su corto para que le conozcáis un poquito. Pronto pondré su ficha también.

¡Disfrutarlo!


 

Charles Andrews

Nevaba otra vez.

Eran apenas las cinco de la mañana, pero no había ninguna razón para regresar a su apartamento. Ni siquiera las promesas de calor y confort de su cama eran suficientes. Para él, dormir se había convertido en un martirio… de nuevo.

Así que, descartado el dormir, apresuró el paso y se encaminó hacia el kiosco que sabía  estaría abierto a esas horas para comprar el periódico. Después pensaba dar un rodeo a la manzana, comprar un par de cafés (uno para el camino y otro para tomar en casa) y un par de bollos de crema, regresaría a casa y, con suerte, estaría lo bastante despejado como para no desear volver a dormir y empezar a trabajar.

Lo iban a llamar pronto, de todas maneras. Lo sabía.

La ciudad comenzaba a despertar lentamente. En las calles se mezclaban los más madrugadores con los que aun no se habían ido a dormir. El cielo seguía negro y nublado. La nieve caía suavemente, sin la furia de los días anteriores, creando una alfombra blanca que crujía al andar sobre ella.

Al llegar al viejo kiosco, vio al dueño, un hombre de color que ya pasaba los sesenta años que cargaba y colocaba paquetes de periódicos en el expositor.

  • Buenos días, George. – el hombre se giró, sorprendido de oír a alguien a esas horas. Frunció el ceño, confundido, al verle.
  • ¿Días? ¡Aun es de noche, muchacho! ¿Qué demonios haces aquí tan temprano? – el ceño de George se frunció aun más cuando Charles se encogió de hombros. – Creí que no te tocaba turno de noche hasta la siguiente semana.
  • No, no estoy de noche… he madrugado.
  • Vuelve a la cama. – gruñó. Charles resopló, quitándole de las manos uno de los paquetes de periódicos más grandes para colocarlo en el interior del kiosco.
  • ¿Para qué? No iba a dormir…
  • Necesitas una chica. Eso te daría una razón para regresar a la cama.
  • Vamos a dejar el tema, anda. – repuso Charles, rodando los ojos. – Pareces mi hermana. No puedo dormir acompañado por la misma razón por la que estoy despierto ahora mismo.
  • ¿Terrores nocturnos otra vez?

Charles rio por lo bajo, amargo, mientras dejaba el último paquete de periódicos en el suelo del kiosco. Terrores nocturnos… si él supiera…

  • Si, otra vez. – mintió.

Nunca le había hecho gracia mentir, pero la experiencia le había enseñado que era más fácil que explicar lo que realmente le ocurría.

Al menos en su caso…

  • Deberías ir a un sicólogo. Te mandaría algo para poder dormir.

Charles se estremeció. Aun recordaba los somníferos que le recetaron con dieciséis, cuando comenzaron los sueños. ¿Sabéis lo que es estar atrapado en una pesadilla y sin poder despertar? No era nada agradable. Jamás volvió a tomar algo que le ayudara a dormir.

Jamás.

  • No sirve de nada. Y no tengo tiempo para ir, igualmente.
  • ¿Y qué paso con Christine? Con ella no tenías ese problema.

¡Ouch!

Christine había sido la chica perfecta. O eso había pensado Charles cuando la conoció una mañana en comisaría, mientras ella ponía una denuncia por el robo de su bolso.

Con ella las pesadillas se mantenían a raya y eran más soportables. Fueron bastante felices el año que estuvieron juntos.

Pero no soportaba el trabajo de Charles ni el tiempo que le dedicaba. Estaba convencida de que era la razón de sus pesadillas y no entendía que él quisiera atrapar lo mismo con lo que soñaba. Que esa era la única manera de recuperar el sueño normal.

Empezó pidiéndole que trabajara menos horas. Luego que cambiara de departamento… hasta que acabó dándole un ultimátum y le obligó a escoger entre el trabajo y ella.

Charles la había amado. Mucho. Pero tenía una obligación que no iba a dejarle dormir si no la cumplía. Literalmente.

Además, no le gustaban los ultimátum.

Aun dolía, pero no se arrepentía de seguir en su trabajo.

  • He oído que estaba con un notario… supongo que estará feliz de tener, por fin, una vida normal y aburrida.
  • Era buena chica. Deberías buscar otra parecida.
  • Déjalo, George. – Charles echó un rápido vistazo al hombre. A pesar de que debían hacer temperaturas de bajo cero en ese momento, este iba solo con una sudadera y una bufanda. Nada de abrigo. – ¿Cómo haces para soportar el frio solo con eso?
  • Algunos estamos hechos de mejor pasta, muchacho.

Charles se marchó diez minutos más tarde, riendo y con su periódico bajo el brazo. Comenzó su rodeo particular hasta la cafetería. No estaba muy lejos de su casa, a solo unos pocos metros de distancia. Era perfecto para noches como esa, en las que no podía dormir, o para cuando regresaba a casa tras un turno de noche porque abrían muy temprano y hacían buen café.

La chica de la barra de esa mañana era nueva y le sonrió de manera brillante al tomarle nota del pedido. Era una jovencita pelirroja con bonitos ojos verdes y sonrisa chispeante que no podía tener más de veinticinco y Charles casi se atragantó con el primer café al ver el número de teléfono garabateado en el recibo con un corazoncito dibujado al lado.

Seguía siendo una sorpresa agradable que alguna chica intentara coquetear con él. Sabía que aun era atractivo a sus cuarenta y tres años, pero su ego había recibido un par de golpes que lo habían dejado bastante inseguro.

Además, hablar con el género femenino nunca se le había dado demasiado bien.

En eso envidiaba seriamente a Morgan y su pico de oro.

Dio un largo sorbo a su café, riendo entre dientes al pensar que tenia celos del éxito entre las chicas del forense felizmente casado de su comisaria…

Su teléfono móvil sonó, interrumpiendo sus pensamientos.

  • Andrews… si… ¿Cuántas víctimas? Aja… estaré ahí en veinte minutos. ¿Henricksen ha recibido el aviso? ¿No contesta? Bien, lo llamare por el camino. Seguramente la niña le ha vuelto a dejar sin dormir.

Dio una mirada de pena a la bolsa de los bollos antes de tirarla a la basura. Tenían una norma muy clara. Nada de comer antes de ir a la escena de un crimen si no querías quedar en ridículo delante de todo el mundo vomitando. Daba igual cuanta experiencia tuvieras ni cuantos años llevaras en el cuerpo… una escena del crimen era algo realmente desagradable de ver con el estomago lleno.

Cambió el rumbo de su paseo, alejándose de su apartamento, y se dirigió hacia donde había aparcado su coche cuando regresó de trabajar. Tenía que ir a encontrarse con el asesinato que había soñado un par de horas antes.

  • Odio mis sueños…

 

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